YO SERÍA EL CIELO - Destino Alma
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YO SERÍA EL CIELO

YO SERÍA EL CIELO

¿Si yo fuera esa montaña? Preguntaba María, “Yo sería el cielo, para estar siempre junto a ti”. Le contestaba él.

María y Pablo se conocieron desde niños y desde ese momento fueron novios, siempre se llevaron muy bien, se amaban, nunca discutieron y siempre supieron que estarían juntos toda la vida. No habían contado con el hambre y la situación política de aquella España, que hizo que la familia de Pablo preparara todo para irse a Méjico cuando ellos tenían apenas 18 años. Le pidió que se casara con él y se fueran juntos, pero la madre de María le dijo que no, que no podía irse tan lejos, que ella la necesitaba, y qué si él la quería lo suficiente, él renunciaría a irse por ella. La madre había subestimado las necesidades primarias. Cuando no tienes nada que llevarte a la boca y mucho miedo en el cuerpo, el amor queda relegado a un segundo plano. Y él junto a su familia partieron lejos para poder tener una nueva vida.

María quedó completamente desolada, cuidando de su madre y con la sensación de haber perdido una parte de su cuerpo, como si le hubieran arrancado algo vital. Recibía cada mes una carta de Pablo y siempre comenzaba las cartas con la misma frase. “Ven, trabajaré para pagarte el pasaje del barco y que vengas conmigo”. Y ella siempre le contestaba lo mismo: “no puedo dejar a mi madre”. Cuando él juntó el dinero se lo envió para que comprara el pasaje para las dos, para María y para su madre. Y ella volvió a decirle que no, su madre nunca se hubiera ido de España, pero guardó el dinero sin decirle nada a nadie, por si en algún momento lo necesitaba.

En la siguiente carta de Pablo, éste le dio la noticia de que se había casado, que siempre la amaría a ella, pero que ya no podía seguir viviendo de recuerdos. María sintió el chasquido del corazón al partirse en pedazos, literal y físicamente. Su corazón, lleno de ilusiones, de amor, de esperanza y de sueños con Pablo, se vació  lenta y angustiosamente. A los pocos meses su madre sufrió un infarto, cayó fulminada en el suelo de la cocina. La enterró sin ningún sentimiento ni bueno, ni malo.

Se fue a vivir con su hermano y su cuñada, tenían hijos y así les echaba una mano en la casa y en el campo. María no estaba acostumbrada a trabajar, así que decidió que tendría que casarse con un hombre alejado de las granjas.

Conoció a German en la iglesia, era viudo sin hijos, su mujer y su hijo murieron en el parto. Era el médico del pueblo. Tenía muchas mujeres interesadas más por su profesión que por sus encantos. Casarse con un médico significaba comer bien. Así que se casó con él. No era un mal hombre, pero era huraño, ruin con el dinero y la trataba como si fuera su sirvienta. Le habían educado con cierto desprecio por las mujeres. Tuvieron dos hijas, que devolvieron un poco de calor al corazón de María.

Una de sus hijas se enamoró del hijo de unos vecinos. Los dos estaban muy enamorados. German se oponía a la relación, porque no le parecía que el chico fuera un buen partido para su hija. Ninguno lo era. Así que decidió meterla en un convento. María ayudó a su hija y al novio a huir antes de que la internara, sacó el dinero que Pablo le había mandado y se lo dio a los dos. Les dio su bendición y les dijo, que se fueran lejos, muy lejos. Que siempre lucharan por su amor, que nadie debía elegir por ellos.

Pasaron los años, él fue aceptando la voluntad de sus hijas, entendiendo un poco más la igualdad de los sexos gracias sobre todo a sus nietas, suavizando el carácter pese a la frialdad de María y fueron haciéndose mayores. Con 59 años sufrió un ictus y quedó paralizado del lado izquierdo, poco a poco fue degenerando hasta que dejó de caminar. Pasó de ser el dictador de la casa, al hombre sin voz que dependía de su mujer para todo.

Conocí a María en un Centro de Mayores en la clase de yoga, era una deliciosa abuelita de ochenta y tantos años, tenía una bonita sonrisa, con ojos cansados, uñas cuidadas y labios siempre pintados de rojo. Siempre que hablaban de maridos ella protestaba del suyo, resoplaba, decía que no le soportaba, que hubiera preferido haberse quedado «soltera y entera». Lo decía con humor, había aprendido a usar el humor y no la amargura como arma en su vida. Y todos reíamos. Nos hacía reír con sus ocurrencias. Era una mujer divertida, con mucha energía. Amante de la montaña y la nieve.

Aquella semana faltó a clase sin avisarme y eso era muy raro en ella. Una de sus hijas trabajaba en el centro, así que le pregunté, me dijo que se había resbalado en la bañera con tan mala suerte que se había partido la cadera y estaba ingresada.

Fui a verla. No tenía buena cara. Cuando los abuelitos entran en los hospitales, algo en ellos se transforma, es como si el brillo de su piel se evaporara de repente. Hablé con ella pero no razonaba, estaba como ausente, como si hubiera alguien más en la habitación. Miraba al frente y decía algo de la montaña, como “¿Si yo fuera esa montaña?” Y sonreía, eso sí, como una niña alegre, rebosando ilusión. Esa noche falleció, todo su cuerpo entró en colapso. Nadie se lo esperaba. Fue muy triste.

Su hija encontró entre las cosas de María un arcón lleno de cartas de Pablo. Y las leyó, entre lágrimas descubrió a una mujer desconocida para ella, consiguió entender mejor a su madre, sentirla enamorada y resignada a no poder vivir ese amor. Lo compartió con su hermana. María nunca confesó su historia de amor a nadie, ni siquiera a sus hijas, sólo estuvo viva en su memoria. Después de enterrarla decidieron que tenían que buscar a Pablo por todos los medios, querían a su padre, pero esto se lo debían a ella.

Lo encontraron más cerca de lo que pensaban, había regresado a España, quiso volver a su pueblo, a su patria, deseaba volver a reencontrarse con María y con la necesidad de venir a morir a su tierra. Ellas le dieron la noticia, él las miró con cariño, reconociendo a un pedazo de ella en cada hija y las acompañó al jardín, les cogió la mano a cada una y con los ojos húmedos les mostró la montaña. Y les explicó que hubo una vez dos jóvenes enamorados que se sintieron montaña y cielo.

Ya estaba listo para reunirse con ella, esta vez para siempre.

Popi
popi@destinoalma.com
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