MANUEL Y SARA - Destino Alma
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MANUEL Y SARA

MANUEL Y SARA

Por aquel entonces yo trabajaba en un centro de día para la tercera edad y allí conocí a Manuel y a Sara. Él era todo un caballero, esa palabra le define plenamente. Amable, atento, educado, siempre correcto y con una sonrisa cálida en la cara. Ella tenía alzeimer y la mayor parte del tiempo se mantenía pensativa, en ese lugar mágico que habitan los que ya no están aquí presentes y lo único que queda de ellos es su cuerpo inerte.

De día vivían en el centro y por las noches volvían a su casa. No tenían hijos, pero sí habían contratado a una persona que se ocupaba de ellos y les cuidaba. Su situación económica era desahogada lo que les permitía llevar una vida cómoda.

El se sentaba frente a ella, le cogía las manos, le besaba en la punta de los dedos, le acariciaba la cara, le retiraba delicadamente el pelo de la frente, mientras leía unas hojas de papel. Ella con la mirada perdida, sonreía al horizonte, mostrando paz, dejándose hacer.

Cada vez que pasaba a su lado, podía sentir el profundo amor que ese hombre demostraba a su mujer. Eran el ejemplo de que el amor sí resiste al tiempo, a las circunstancias incluso a las más devastadoras.

Un día él con voz ronca me pidió si podía leerle la carta a Sara, tenía una fuerte bronquitis y no podía hablar sin toser. Me senté junto a ellos, cogí esos viejos folios escritos a mano y comencé a leer.

Quiero tu cariño, atención, cuidado, mimo, convertirme en el centro de tu vida, ser importante para ti, saber que estás ahí, que vas a estar, saber que te gusto, que te intereso, que te escuchas y que me escuchas, que hay una ilusión en el corazón latiendo.

Me da vergüenza mostrarme como soy ante ti, te siento muy segura de ti misma, lo que hace que yo no lo esté tanto de mi.

Me encanta hablar contigo, me gusta romper mi rutina y saber que hay alguien que me está escuchando porque le importo, que se parece a mi, que tiene mis mismas inquietudes y mis mismos deseos. Me gustas, me pareces una hermosa mujer. Me encantaría que nos dejáramos vivir una bonita historia.

Mi vida es complicada en este momento, tengo poco tiempo y muchas responsabilidades. Pero estoy dispuesto a sacar tiempo, a buscarlo, para poder estar contigo, para que estés conmigo.

No quiero que me digas que no, por eso aún no te he propuesto vernos. Sé que tu me lo estás facilitando, pero hay algo en mi que no se lo termina de creer, pienso que no es cierto, que lo dices por quedar bien.

Poco a poco me voy convenciendo de que realmente quieres que nos veamos, que quedemos, que hagamos algo juntos y quiero hacerlo, quiero dejar de dar vueltas, quedar contigo, estar contigo, dejar de esconderme y huir de mis temores.

El otro día cuando te vi, sentí unos enormes deseos de besarte, estábamos tan cerca, tu sonrisa, tu cuerpo, tu mirada, tus ojos. Si tus ojos hubieran mirado al suelo quizá me hubiera acercado un poco más, pero tus ojos me paralizan, tu sonrisa me tiende una cálida invitación, sin embargo, no me atreví a romper ese instante.

Por eso quiero quedar contigo, para darnos esa oportunidad de conocernos más, para sentir de nuevo tu piel cerca de mi, tu olor, tu calor.

Puedo abrazarte y sentirme fundir dentro de ti, deshacerme para convertirme en alguien nuevo, en alguien mejor. Poder posar mis labios sobre los tuyos y sentirme temblar en el fuego, la pasión, la ternura.

Me da miedo, me das mucho miedo, pero mi ilusión y mis deseos son más fuertes que mis miedos y tu me lo pones sencillo. Hay cariño, hay complicidad, hay honestidad, hay diversión, alegría en ti. Y eso me encanta.

Además estamos cerca, muy cerca el uno del otro y eso me parece que nos facilita aún más las cosas. Por eso me gusta tu cariño, tu atención, tu ternura, tu dulzura, tu sentido del humor.

Eso es lo que voy buscando en ti, no solo acostarme contigo sino abrazarte, dormir pegado a ti y levantarme a tu lado. Estoy cansado de cuerpos, estoy cansado de cabezas vacías, de corazones helados, quiero más, algo más en mi vida.

Quiero una conexión, quiero un gran amor, quiero una pasión, una compañera que entienda lo que me pasa, cuando me pasa, porque me pasa. Que respete mis silencios, mi vida, a mi, que me apoye, que me escuche, que ella sea el centro de mi vida y quiero ser también el centro de la vida de esa mujer, quiero ser tu centro.

Quiero que me mires con esa admiración, con esa pasión, con esa ternura. Quiero que me quites la ropa y me desnudes el alma, quiero ser el hombre que habita tu vida, que orbita alrededor de ti permitiéndote y alentándote a ser tu, pero estando cerca, muy cerca, piel con piel.

Quiero que me digas que quieres, que deseas, que temes, que te asusta, a qué quieres enfrentarte y de qué huyes. Quiero que me digas de donde vienes, cuales son tus fantasmas, cuales son tus bondades, cuales son las maravillosas luces que proyectas y las sombras tormentosas que ocultas.

Quiero conocer cada pliegue de ti, cada poro, quiero contar cada cabello tuyo entre mis manos y perderme en ese horizonte oscuro de tu mirada. Quiero amarte desde la sinceridad desnuda, desde la honestidad, desde la vulnerabilidad, desde el hombre que soy, que he sido y que seré. Tu amante, tu compañero, tu amigo, tu cómplice, tu amor”

Cuando dejé de leer me di cuenta de que yo estaba llorando, le devolví las hojas, me dio las gracias. Me dijo que el día que había conocido a Sara, supo que el tren de su vida había llegado a la estación de destino, y que tendría que conquistar lo más difícil, su confianza.

Ella había tenido una vida dura y se había revestido de una coraza férrea para defenderse. Él tuvo que ir rompiendo esa coraza con el calor de su corazón, pero no había día de no pensara que Sara era el mejor regalo de su vida, el motor de su latido, su compromiso elegido y deseado. Y solo podía sentirse agradecido porque ella le hubiera amado, le hubiera elegido.

Porque ella cuando amaba lo hacía sin condiciones, sin límites, con la entrega osada de un primer amor. Por eso no quería dejar de leerle una y otra vez la carta en la que le había confesado sus sentimientos. Que seguían tan intensos como el primer día, daba igual el paso de años o su enfermedad. Se sentía feliz de vencer un día más a la muerte estando a su lado.

Cuando me alejaba de ellos, aún con los ojos vidriosos, pensaba que verdaderamente sí existe el amor para toda la vida, solo hay que encontrar a esa persona que nos complementa plenamente, apartar con valentía los miedos, apostar con todas nuestras fuerzas y dedicarnos a cuidarlo con el mimo de una madre primeriza con su bebé recién nacido.

Popi
popi@destinoalma.com
2 Comentarios
  • Claudia Gallo
    Publicado 12:13h, 28 febrero Responder

    Que belleza, gracias por compartir.

    • Popi
      Publicado 15:15h, 20 marzo Responder

      Muchisímas gracias bonita. Abrazo de luz, paz y amor para ti y los tuyos

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